
POR. JUAN FACUNDO CINCUNEGUI
Hace muchos años escucho el mensaje de que quien consume drogas de forma problemática se convierte en adicto, o bien, que atraviesa una etapa inicial de una enfermedad llamada adicción: una condición crónica, involuntaria e incurable, que solo puede “controlarse” mediante un tratamiento de por vida y la abstinencia total de cualquier sustancia psicoactiva, además de evitar conductas llamadas “adicciones sin sustancia”, como el juego, el uso excesivo de pantallas, el sexo o ciertas dinámicas compulsivas.
Hoy, casi todos los discursos sostienen que la adicción es una enfermedad del cerebro. Estados Unidos lidera este relato, del mismo modo que lidera la “lucha contra las drogas” y, paradójicamente, la producción y consumo de drogas legales a través de la industria farmacéutica, con la cual se trata a los supuestos cerebros enfermos de los adictos y todo aquello que implique dolor.
Durante muchos años fui en contra de mi propia experiencia al no cuestionar esos discursos tan arraigados y convincentes, aunque contradecían profundamente lo que yo mismo había vivido. O fui mal diagnosticado, o pertenezco al minúsculo grupo de personas que constituyen una excepción, o quizás —por qué no— soy simplemente un loco negador.
Tal vez ese miedo a ser juzgado, a que me señalaran como alguien que hace apología de la droga, como una mala influencia, o al rechazo de “la manada” que repite el discurso dominante, fue lo que me llevó tan lejos de mi propia verdad. Esa incongruencia me hizo sentir muy mal durante mucho tiempo.
Sin embargo, hace ya bastantes años comencé un proceso de reconexión conmigo mismo, y cada vez me acerco más a mi experiencia auténtica. Trabajo en quitarme los velos que me separaban de mi esencia, y en ese camino he ido perdiendo muchos miedos. Por ejemplo, mi hija —que hoy tiene treinta años, es psicóloga y ejerce— puede escuchar mis ideas sin que eso genere conflicto, aunque no siempre pensemos igual. Estoy casado, tengo mi vida hecha, y llevo mucho tiempo observando mi conducta y trabajando en mi desarrollo personal.
También he dedicado las últimas dos décadas a acompañar a otras personas, junto con colegas de distintas profesiones, para que quienes enfrentan problemas con las drogas encuentren un acompañamiento real y humano.
Digo que fui mal diagnosticado o que soy una excepción porque, siendo muy joven, me internaron cuatro veces en la misma comunidad terapéutica por mi consumo y mi conducta desadaptativa. Allí se instaló fuertemente en mí la creencia de que era un enfermo adicto, y que solo había una forma de vivir: bajo la etiqueta de una enfermedad crónica. Viví así durante años, con la sensación constante de ser diferente, débil y defectuoso.
Cuando llegué a los grupos de Narcóticos Anónimos —una expresión más de esa cultura norteamericana, práctica y estructurada, casi religiosa—, lo hice porque mis padres ya habían agotado las opciones privadas de tratamiento. En esos grupos no solo reforzaron la idea de que estaba enfermo y que si seguía consumiendo mi destino sería la cárcel, la locura o la muerte, sino que además me pedían que me presentara siempre con la frase: “Soy adicto”. “Soy adicto, me llamo Facundo y estoy aquí para tratar mi enfermedad”.
Afortunadamente, algo de mi rebeldía me salvó de comprar ese discurso por completo. Hoy puedo mirar mi vida desde otro lugar. Creo que el estigma y la etiqueta que se colocan sobre las personas con consumos problemáticos los dañan profundamente, y constituyen una forma de irresponsabilidad enorme.
Afirmar que alguien tiene una enfermedad crónica solo por usar problemáticamente una o más drogas es, en el mejor de los casos, ignorancia; y si se hace para ejercer control social, es pura crueldad.
A menudo me dicen: “Pero Facundo, lo que decís contradice a la ciencia”, y yo respondo: no, no es ciencia, es lobby.
El problema de los consumos problemáticos y de la adicción —no son solo esas escenas estremecedoras de las calles de Filadelfia, por ejemplo— es tan amplio y tan complejo que reducirlo al cerebro y al circuito de recompensa es una simplificación absurda.
¿Por qué, cuando acompañamos a alguien en un tratamiento por adicciones, incluimos a la familia? Porque casi siempre hay allí un sistema que necesita mirarse. ¿Por qué trabajamos el cambio de hábitos y de contextos? Porque las dificultades con las drogas suelen darse en personas con entornos desfavorables y modos de vida poco saludables. ¿Por qué abordamos las creencias, los condicionamientos y la manera de pensar? Porque muchas veces la mayor prisión es interna: las etiquetas, los juicios y las ideas impuestas que distorsionan la percepción de uno mismo. ¿Por qué pedimos que hablen de lo que sienten? Porque uno de los mayores problemas que encontramos es la desconexión emocional y la inmadurez afectiva.
Esa inmadurez se traduce en la incapacidad de nombrar lo que se siente y de tolerar emociones desagradables como la ansiedad, el miedo, la bronca o la frustración. Y ante la imposibilidad de sostenerlas, aparece la reacción de anestesiarlas con alguna sustancia o conducta.
También trabajamos los aspectos de la estructura de personalidad, porque con frecuencia el consumo problemático se organiza sobre trastornos leves, moderados o graves de personalidad.
La cuestión es que, aunque existan muchos factores que generen vulnerabilidad, eso no implica que toda persona que atraviese un consumo problemático deba cargar con el diagnóstico de “una enfermedad llamada adicción”.
Además, las drogas —legales o ilegales, otra gran contradicción social— no actúan igual en todos los organismos. Cada persona tiene predisposiciones distintas, y mi experiencia me muestra que no existe la supuesta “personalidad adictiva”. Si así fuera, esas personas serían adictas a todo, y eso simplemente no ocurre. Lo que sí existe es una forma impulsiva, inmadura y dolorosa de vincularse, que requiere trabajo y autoconocimiento, pero no bajo la condena de una enfermedad que se dice que “habla por uno”.
Cada vez creo con más fuerza que la verdadera salida a este problema es el amor: el contacto genuino con uno mismo y con los demás. El vínculo entre quien sufre y pide ayuda, y quien acompaña ese sufrimiento con empatía y respeto, es lo que realmente marca la diferencia, especialmente en el mundo de las drogas.
Todos los seres humanos compartimos el hecho de que vivimos para morir y morimos porque vivimos. Pero esa experiencia es absolutamente única, personal e irrepetible. Cuando reducimos a alguien a una etiqueta como “adicto”, dejamos de ver a la persona, y al hacerlo, negamos su humanidad.
Información variable y confiable, sobre la práctica de acompañar procesos de cambio en personas con problemáticas de consumo de drogas.
Manténte informado con consejos valiosos de bienestar y desarrollo personal y maduración emocional.
Creado por ©choice counselling.com