
Hablar sobre el factor más importante para saber si una persona que atraviesa un problema con drogas o con una conducta tiene un buen pronóstico de resolverlo es entrar en uno de los temas centrales del trabajo terapéutico y de acompañamiento.
Muchos sabemos, por experiencia propia, que cambiar ciertos hábitos resulta muy difícil. A veces no se logra esa modificación y se vuelve al hábito ya instalado después de intentos por cambiar.
Por eso, cuando una persona consulta por un problema relacionado con una sustancia o una conducta que desea dejar, es necesario observar múltiples variables para comprender el grado de complejidad de la situación. Existen distintos factores que conviene analizar, y podríamos ir revisándolos uno por uno hasta llegar al más importante: aquel indicador que muchas veces hace la diferencia en el diagnóstico y en el pronóstico de resolución del conflicto.
Existen factores protectores y factores de riesgo que pueden orientarnos tanto para diseñar un plan preventivo como para comprender algunas de las causas que están siendo funcionales al problema que se quiere resolver.
Por ejemplo, podemos pensar en el contexto familiar de la persona. Hay estructuras familiares muy complejas en las que alguien puede encontrarse inserto y que pueden llevar a alguno de sus miembros a desarrollar hábitos que funcionen como salida frente a la violencia, el abuso, el maltrato, la incomunicación u otras situaciones dolorosas que se viven en la escena familiar.
Si la familia en la que se vive tiene características que hacen experimentar un lugar de amenaza, claramente existen factores de riesgo en ese sistema familiar que pueden predisponer a alguno de sus integrantes a usar y luego abusar de conductas de escape.
También debemos considerar la salud física y la salud mental. Si una persona padece algún trastorno de personalidad o una enfermedad clínica crónica y dolorosa, puede encontrar inicialmente en el uso de drogas o en determinadas conductas una forma de alivio, para luego escalar hacia un uso descontrolado. Asimismo, hay personas que llegan a grados de consumo donde existe un gran compromiso físico, y cuando intentan dejar la sustancia aparece una abstinencia no solo psicológica, sino también física, como ocurre con algunas drogas, haciendo extremadamente difícil alcanzar el objetivo de abandonarlas.
Otro de los factores que solemos observar y que también influye en el pronóstico es la edad de la persona que pide ayuda. En muchos casos, cuando se trata de un adolescente o de alguien muy joven, entendemos que aún no ha alcanzado el desarrollo madurativo que suele encontrarse en un adulto. Aunque también es cierto que muchas personas adultas, más allá de la edad cronológica, se comportan emocionalmente como niños y muestran el escaso desarrollo personal que han alcanzado, atrapadas en malas decisiones repetidas a lo largo de la vida.
Cuando hablamos de juventud y problemas de consumo, existe una doble lectura. Por un lado, es positivo que la persona llegue a temprana edad, porque eso le brinda mayores posibilidades de cambiar antes de que el deterioro avance. Pero, por otro lado, en la práctica clínica muchas veces observamos que todavía no ha vivido suficientes pérdidas, fracasos o malestares como para sentir con verdadera profundidad la necesidad de cambiar.
Y así podríamos seguir enumerando muchas situaciones que funcionan como indicadores acerca de cómo podría desarrollarse un proceso de cambio.
Sin embargo, más allá de la cantidad de factores de riesgo que tenga la persona que está frente a nosotros pidiendo ayuda, hay un solo factor que suele determinar con especial fuerza un pronóstico favorable. Y de eso quiero hablar.
La determinación de la persona para realizar ese cambio hace una diferencia fundamental. Tener un motivo de consulta no necesariamente habla de esa determinación. Habla, simplemente, de un motivo. Ese motivo puede estar puesto en algo que se quiere evitar. Por ejemplo, alguien que llega a consulta porque no quiere perder a su pareja, o una persona que busca ayuda porque sabe que, si no deja de consumir, perderá el trabajo que le da su sustento.
En estos casos existe un motivo de consulta. De hecho, si no existiera, probablemente la persona ni siquiera habría accedido a una entrevista. Pero cuando el cambio está sostenido únicamente por evitar una consecuencia externa, el pronóstico no suele ser tan alentador. Lo que frecuentemente ocurre es que la persona mantiene el cambio mientras la amenaza está presente, y una vez que eso que quería evitar desaparece o pierde fuerza, vuelve a lo mismo.
Un ejemplo claro de esto es el de quien come mal, vive con exceso de peso y, cuando está por llegar el verano, cambia su rutina, comienza a cuidarse en las comidas, hace ejercicio físico y se obsesiona con verse mejor con el único objetivo de lucir bien en la playa. Esa persona tiene un motivo para cambiar un hábito tóxico para su organismo y para su imagen, pero como está ligado solamente a verse bien durante una temporada, lo más probable es que, una vez pasado el verano, vuelva a su forma anterior de alimentarse y a la vida sedentaria. En realidad, no había una motivación profunda para transformar su estilo de vida.
La motivación es importante porque pone en marcha la conducta y le da una dirección. Sin embargo, eso no basta para sostener el cambio. Muchas veces la motivación está ligada a emociones cambiantes: un día alguien se siente entusiasmado y al otro día está triste, cansado o sin ganas de continuar. Cuando aquello que impulsaba el esfuerzo deja de tener fuerza, la conducta suele abandonarse.
Por eso, en los procesos de cambio relacionados con adicciones o hábitos problemáticos, además de la motivación hablamos también de los factores que la sostienen en el tiempo.
Hablamos de disciplina: continuar con el plan de acción incluso cuando no hay ganas. Hablamos de hábitos: pequeñas acciones repetidas hasta automatizarse. Hablamos de constancia imperfecta: seguir adelante incluso cuando un día no salió bien. Y hablamos del entorno: no soltar el apoyo, la estructura y la rutina que se construye en acuerdo con otros.
Ahora bien, más allá de todo esto, hay un aspecto que quienes trabajamos ayudando a otros a lograr cambios duraderos reconocemos como especialmente valioso para un pronóstico favorable: el sentido que ese cambio tiene para la persona.
La motivación puede estar ligada a objetivos temporales o momentáneos. Puede encender el motor que haga cambiar de dirección en un momento dado e iniciar el viaje hacia otro lugar. Pero lo que va a sostener ese viaje, junto con la disciplina, el hábito diario, la constancia imperfecta y el entorno, es el sentido que tiene para la persona transformar su vida.
El sentido es no tener dudas acerca de para qué se quiere dejar un hábito y colocar en su lugar otro completamente distinto. Es uno de los factores más profundos y estables en el cambio de conducta, especialmente al dejar una adicción. Cuando la motivación emocional sube y baja, el sentido puede convertirse en una brújula: no siempre da energía, pero sí da dirección.
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Dejar una adicción no es solamente dejar de relacionarse con una sustancia o con una conducta que no se puede controlar. En muchos casos implica transformar el significado de ese vínculo y construir una nueva relación con aquello que antes atrapaba. Por ejemplo, en los problemas relacionados con la comida, no se puede dejar de comer, pero sí se puede aprender a hacerlo de una manera saludable, sin perderse en ello.
Cuando una persona descubre algo más importante que la adicción, empieza a tener una razón real para sostener el cambio.
Información variable y confiable, sobre la práctica de acompañar procesos de cambio en personas con problemáticas de consumo de drogas.
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