
Por: Juan Facundo Cincunegui
Comencemos diciendo que la mirada que sostenemos en nuestro Programa Choice Argentina sobre la figura del adicto funcional, concepto que con frecuencia se explica y refuerza en los tratamientos de adicciones, constituye una etiqueta despersonalizadora que, en la mayoría de los casos, dificulta y daña la posibilidad de ayudar a la persona que se encuentra detrás.
Usar el término adicto funcional para describir a alguien que consume drogas pero cumple con todas sus responsabilidades, que no experimenta malestar frente a dicho consumo y que además no recibe quejas de su entorno más cercano, es clínicamente erróneo y potencialmente dañino. Esa persona no puede ser llamada “adicta”.
Incluso cuando una persona aparenta cierto control pero comienzan a surgir conflictos relacionales, laborales o familiares, alertando a sus seres queridos y precipitando la búsqueda de ayuda, no podemos afirmar que se trate de un adicto funcional. Más bien, estamos frente a alguien que presenta signos y síntomas que requieren consulta con un especialista. No sabemos si esa persona es adicta, pero sí sabemos que su consumo le está generando dificultades, por lo que resulta fundamental abordarlo antes de que evolucione hacia un trastorno que deteriore las áreas de su vida que hoy aún sostiene.
Etiquetar como adicto funcional a alguien sin diagnóstico formal previo va en contra de los principios éticos de la psicología clínica, especialmente dentro de los enfoques humanistas.
Llamar “adicto” de manera prematura, sin una evaluación integral, viola los códigos deontológicos, ya que ignora la complejidad biopsicosocial y espiritual involucrada, y puede producir estigma, resistencia o abandono terapéutico, incluso antes de iniciar el proceso.
Con frecuencia recibimos llamados de padres que nos piden ayuda porque su hijo “no quiere internarse” y están convencidos de que eso es lo que necesita porque “es un adicto”.
En estos casos, solemos preguntar si algún profesional les ha dado ese diagnóstico o indicado una internación, y en un cien por ciento de las veces no ha habido consulta con ningún especialista. La familia actúa desde el desconocimiento, basada en la creencia de que si alguien consume drogas y no las quiere dejar, necesariamente debe ser internado.
Por esa razón, decirle a una familia que está frente a un adicto funcional —como suele plantearse— resulta irresponsable, ya que no conocemos aún a la persona. Solo estamos recibiendo percepciones externas, que con frecuencia magnifican o minimizan la situación. Además, no hay ningún criterio diagnóstico aplicado desde el DSM ni otra clasificación clínica, ni se ha realizado una entrevista diagnóstica que nos permita acercarnos a su historia personal y familiar.
Nuestra crítica al concepto de adicto funcional cuenta con respaldo en estudios que cuestionan su validez científica y clínica, subrayando que la adicción se define por pérdida de control, no por un aparente buen funcionamiento.
Desde nuestra perspectiva, el problema de utilizar este término radica, además, en su contradicción interna, ya que hemos consensuado que para denominar a alguien “adicto” deben observarse al menos pérdida significativa del control, empobrecimiento de diversas áreas vitales, dependencia física o psicológica y presencia de síndrome de abstinencia al interrumpir el consumo. Aun experimentando ese malestar, la persona no puede dejar de vincularse con la sustancia o conducta.
Por eso, adicto funcional suena contradictorio. Nosotros preferimos pensar estos fenómenos como un continuo, en el que existen múltiples situaciones intermedias.
VIDEO SOBRE ADICTO FUNCIONAL https://youtu.be/gTKfysGfRlU?si=JI6_SDDOze0ZPU_M
Resulta más prudente hablar de trastorno por consumo (leve, moderado o grave) y de áreas de funcionamiento conservadas, en lugar de etiquetar a la persona como adicto funcional.
Podemos concluir que, en nuestro trabajo con consumos problemáticos y adicciones, muchas veces observamos que el consultante presenta signos y síntomas compatibles con criterios de trastorno por consumo de sustancias. El hecho de mantener ciertos roles o áreas no deterioradas gracias al gran esfuerzo personal no equivale a estar bien ni a considerarse sano.
Incluso en esos casos, conviene cuidar siempre el lenguaje. Hablar de funcionamiento preservado en algunas áreas y deterioro en otras resulta mucho más preciso que etiquetar a la persona como adicto funcional, especialmente en población joven, donde la identidad se encuentra aún en desarrollo.
Información variable y confiable, sobre la práctica de acompañar procesos de cambio en personas con problemáticas de consumo de drogas.
Manténte informado con consejos valiosos de bienestar y desarrollo personal y maduración emocional.
Creado por ©choice counselling.com