Cuidar la confidencialidad sin quedar atrapados en la complicidad.

En el trabajo en acompañar adicciones se nos presenta una situación muy frecuente con algunos consultantes, donde en su espacio individual, pueden comenzar a abrir algo que todavía no se animan a decir frente a su familia.

Por ejemplo, alguien que reconoce una recaída, un consumo sostenido o una dificultad importante para detenerse en su consumo, pero en el espacio familiar lo oculta y no lo dice por miedo: miedo a la reacción de sus padres, a represalias, a castigos, a decepcionar, a perder confianza o a que todo vuelva a organizarse alrededor del control.

En un programa como CHOICE, donde trabajamos en equipo, esta situación genera una tensión delicada. El profesional que acompaña a la familia sabe, por el trabajo interdisciplinario, que el consultante no está contando toda la verdad y entonces aparece una incomodidad clínicamente muy importante: estar con los padres escuchando que “todo va bien”, mientras internamente sabe que hay una recaída o un consumo activo que permanece oculto y esa incomodidad del profesional es una señal de falta de congruencia.

El problema no es sentir incomodidad; el problema sería resolverla de cualquier manera. Si el profesional del área familiar revela directamente la información que el consultante compartió en su espacio individual, rompe la confidencialidad y puede destruir la confianza terapéutica, pero si actúa como si no supiera nada, si confirma una versión falsa o acompaña pasivamente una escena donde todos hablan desde una apariencia de normalidad, también corre el riesgo de volverse incongruente.



La pregunta clínica entonces no es: “¿Digo o no digo lo que sé?”. La pregunta más profunda es: “¿Cómo puedo estar de manera honesta en esta relación sin traicionar la confianza del consultante y sin quedar actuando una mentira frente a la familia?”. Una primera respuesta congruente es no confirmar lo que no se puede confirmar.

El profesional familiar no tiene por qué decir a los padres: “Sí, está todo bien”, si sabe que esa afirmación no es verdadera. Puede, en cambio, mantenerse en un lugar más honesto y clínicamente cuidadoso: “Me parece importante que podamos seguir trabajando no solo con lo que se ve, sino también con aquello que todavía cuesta poner en palabras dentro de la familia”, refiriéndose a todo el grupo familiar. Esta frase no revela la recaída, pero tampoco participa de una ficción.

Nosotros como equipo de trabajo sabemos que en muchos procesos de adicción, a veces la persona, ( el consultante ) necesita tiempo para animarse a hablar con su familia de ciertas dificultades. Nuestro trabajo no es forzar una confesión, pero sí construir las condiciones para que la verdad pueda aparecer sin que se transforme automáticamente en castigo o ruptura”. Esto que sabemos hacia adentro del equipo también puede exteriorizarse a la familia, donde ahí el profesional está siendo congruente, no está mintiendo, no está delatando, sino que está cuidando el proceso.

La congruencia, en este caso, no consiste en decir todo lo que se sabe sino que consiste en no actuar una escena falsa. El profesional puede reconocer internamente: “Yo sé algo que esta familia todavía no sabe, pero mi tarea no es exponer al consultante; mi tarea es ayudar a que esta familia pueda volverse un espacio donde el consultante no necesite esconderse”. Esto requiere un trabajo paralelo con el consultante.

En su espacio individual, el profesional puede intervenir con claridad: “Entiendo que te dé miedo contarles a tus padres lo que está pasando y a la vez, quiero que podamos mirar juntos qué efecto tiene para vos sostener esta doble escena: por un lado hablarlo acá, y por otro lado ocultarlo en el espacio familiar. Me preocupa que eso aumente tu soledad y también que nos deje a nosotros trabajando sobre una parte de la realidad que tu familia no puede conocer”. Esta intervención no fuerza ni amenaza. No dice: “Si no lo contás vos, lo contamos nosotros”. Pero tampoco se vuelve cómplice del ocultamiento sino que invita a que el consultante pueda asumir progresivamente mayor responsabilidad sobre su verdad.

En el espacio de supervisión, el consejero familiar generalmente formula su incomodidad de este modo: “Me resulta difícil estar con la familia escuchando una versión que sé que no representa completamente lo que está ocurriendo. No quiero romper la confidencialidad del consultante, pero tampoco quiero quedar ubicada en un lugar donde parezca que confirmo que todo está bien. Necesito encontrar una forma de intervenir que cuide el secreto clínico, pero que también mantenga mi honestidad profesional”.

Esta frase ya es, en sí misma, una expresión de congruencia. El profesional reconoce lo que le pasa, no actúa impulsivamente y busca una respuesta ética con el equipo. Una posible intervención del profesional familiar con los padres podría ser: “Me gustaría que podamos trabajar algo importante. Muchas veces, en estos procesos, los hijos no cuentan todo lo que les pasa, no necesariamente porque no quieran cambiar, sino porque tienen miedo a la reacción de la familia. A veces temen que si dicen que están mal, que tuvieron una dificultad o que no pudieron sostener algo, la respuesta sea enojo, castigo o pérdida de confianza. Entonces empiezan a ocultar, y el ocultamiento termina aumentando la distancia. Me parece importante que podamos preguntarnos qué condiciones necesita construir esta familia para que, si aparece una dificultad, pueda ser hablada sin que eso destruya el vínculo.”

Esta intervención permite trabajar el núcleo del problema sin revelar la información confidencial. El profesional no dice: “Su hijo consumió”, pero introduce una dimensión fundamental: el clima familiar frente a la verdad y de esta manera ayuda a los padres a revisar si sus reacciones facilitan o impiden que el consultante pueda abrirse.

También podría decir: “Más que centrarnos solamente en si todo está bien o todo está mal, me interesa que podamos trabajar cómo responde esta familia cuando aparece una dificultad. Porque en los tratamientos de adicciones, muchas veces lo decisivo no es que no haya tropiezos, sino que la persona pueda pedir ayuda a tiempo y no tenga que esconder lo que le pasa.” De nuevo, no hay ruptura de confidencialidad, pero sí hay dirección clínica. El profesional está orientando el trabajo hacia una familia menos punitiva, menos reactiva y más disponible para alojar la verdad.

La congruencia también exige que el equipo tenga criterios claros. Si el consultante compartió información en su espacio individual, esa información debe ser cuidada, pero cuidar la confidencialidad no significa congelar el proceso familiar.

El equipo puede acordar una estrategia: trabajar con el consultante la posibilidad de llevar gradualmente esa verdad al espacio familiar; preparar a la familia para responder de una manera menos castigadora; y evitar que los profesionales queden atrapados en una alianza secreta que termine debilitando el tratamiento. Desde esta perspectiva, la mejor manera de mostrar congruencia no es revelar el secreto ni fingir ignorancia sino sostener una posición honesta, cuidadosa y orientada al proceso.

El profesional familiar puede no decir lo que sabe, pero sí puede negarse a actuar como si no pasara nada. Puede cuidar la confidencialidad y, al mismo tiempo, trabajar las condiciones relacionales que hacen que esa confidencialidad sea necesaria. Este punto es central: el objetivo no es arrancarle al consultante una confesión sino que el objetivo es ayudarlo a construir suficiente seguridad interna y vincular para que pueda dejar de vivir dividido entre lo que muestra y lo que esconde. En adicciones, esa división suele ser parte del problema. y la doble vida, el ocultamiento y la actuación de normalidad alimentan la soledad, la vergüenza y la recaída. Por esa razón, la congruencia del profesional se vuelve una experiencia reorganizadora. El consultante puede descubrir que decir la verdad no tiene que ser sinónimo de castigo y la familia puede aprender que saber más no significa controlar más.

Y el equipo puede sostener un modo de intervención donde la honestidad no destruya la confianza, sino que la prepare. La confidencialidad no debería ser usada para esconder el problema, pero tampoco puede ser violada en nombre de la transparencia y hay que entender que entre esos dos extremos está el trabajo clínico más fino: acompañar a que la verdad encuentre un lugar posible.

A modo de cierre y conclusión: la congruencia profesional, en estos casos, no consiste en decir todo lo que se sabe, sino en no participar de una mentira. La congruencia no rompe la confidencialidad del consultante, pero tampoco confirma una escena falsa frente a la familia. Se expresa en una intervención honesta, prudente y orientada a crear las condiciones para que la verdad pueda ser dicha sin quedar asociada automáticamente al castigo, la vergüenza o la ruptura del vínculo.

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